Pulp Fiction: El día que Tarantino le dio la vuelta al mundo con una jeringa de adrenalina y un reloj de oro
Estrenada el 14 de octubre de 1994 en Estados Unidos (y con su legendaria presentación en el Festival de Cannes en mayo, donde se llevó la Palma de Oro entre abucheos y aplausos histéricos), Pulp Fiction no llegó: irrumpió. Producida por la casi desconocida Miramax en tiempos pre-Harvey Weinstein todopoderoso y con un presupuesto ridículo de 8 millones de dólares, la segunda película de Quentin Tarantino se convirtió en el terremoto que redefinió el cine independiente de los 90 y, de paso, convirtió al propio Tarantino en el primer rockstar-director de la era posmoderna.
Tarantino escribe y dirige una sinfonía criminal en tres movimientos y medio que rompe la linealidad como quien rompe un vinilo contra la pared: Vincent Vega (John Travolta resucitado) y Jules Winnfield (Samuel L. Jackson en modo profeta del Antiguo Testamento) recogiendo maletines misteriosos; el boxeador Butch (Bruce Willis) huyendo con un reloj que lleva una historia demasiado íntima; el atraco de Pumpkin y Honey Bunny (Tim Roth y Amanda Plummer) que abre y cierra el círculo; y el interludio sadomasoquista del sótano de la tienda de empeños que nadie pidió pero que todos recordamos. Todo ello servido en orden deliberadamente desquiciado, como si Godard hubiera crecido viendo telebasura y fumando hierba buena.
Miramax
La cinematografía de Andrzej Sekuła convierte Los Ángeles en un parque temático de neón y formica: diners de los 50 que parecen sacados de un cuadro de Hopper, apartamentos cutres iluminados con bombillas desnudas, y ese Jack Rabbit Slim’s –reconstruido entero en un almacén de Culver City– que es el sueño húmedo de cualquier fetichista de la cultura pop. Los travellings circulares, los planos cenitales (ese maletín que nunca veremos), la luz roja del cuarto de baño donde Vincent debate con la Biblia y la heroína… todo está filmado con una precisión quirúrgica que convierte la violencia en ballet y el diálogo en música.
John Travolta, que venía de hacer tres películas seguidas de bebés parlantes, entrega aquí la actuación de su vida: Vincent es torpe, cool, letal y profundamente estúpido al mismo tiempo. Samuel L. Jackson recita Ezequiel 25:17 como si Dios le hubiera susurrado la traducción correcta. Uma Thurman, con su bob negro y su overdosis de heroína convertida en coreografía de muerte, se convierte en la diosa definitiva del cine de los 90. Y Bruce Willis… bueno, Bruce Willis demuestra que puede actuar cuando le dan algo más que explosiones. El reparto secundario –Ving Rhames como Marsellus Wallace que camina como si el mundo le debiera dinero, Harvey Keitel como El Lobo que soluciona problemas en 9 minutos y 37 segundos, Christopher Walken y su monólogo del reloj– es un desfile de leyendas que parecen estar pasándoselo mejor que nadie en la historia del cine.
La banda sonora –esa mezcla imposible de surf rock, soul setentero y Kool & the Gang– no acompaña la película: ES la película. “Misirlou” de Dick Dale abre el film como un disparo; “Son of a Preacher Man” convierte un baile en preliminares; y “You Never Can Tell” de Chuck Berry hace que Travolta y Thurman bailando el twist sea uno de los momentos más eróticos jamás filmados sin que nadie se quite la ropa.
Miramax
Más allá del estilo, Pulp Fiction es una declaración de guerra contra la narrativa tradicional y contra la moralidad de Hollywood. Tarantino coge los tropos del cine negro, los sumerge en ketchup y los sirve con patatas fritas. La violencia es cartoon y real al mismo tiempo: un tiro accidental que pinta un coche de sesos y sangre es tan cómico como aterrador. El maletín (cuya contenido nunca veremos) es el MacGuffin definitivo: no importa qué hay dentro, importa lo que la gente está dispuesta a hacer por él. Y en el centro de todo, la redención de Jules: un asesino a sueldo que encuentra a Dios en medio de un atraco y decide dejar el negocio. En los 90, nadie hacía eso.
Desde una perspectiva histórica, Pulp Fiction es el Big Bang del cine indie americano: después de ella llegaron Trainspotting, Fargo, The Usual Suspects, todo el cine de Soderbergh, los hermanos Coen en esteroides y hasta el propio Tarantino convertido en marca. Recaudó 213 millones de dólares (más de 25 veces su presupuesto), lanzó Miramax al estrellato y convirtió a Tarantino en el primer director que podía llenar estadios hablando de pies y hamburguesas con queso.
Treinta y un años después, Pulp Fiction sigue siendo la película que todo el mundo cita, parodia y teme igualar. Es el momento exacto en que el cine dejó de tomarse en serio para empezar a tomarse en serio el no tomarse en serio. Es violencia, es humor, es cultura pop devorándose a sí misma y escupiendo diamantes.
En Cine Reproche sabemos que hay películas que se ven y películas que se viven. Pulp Fiction no es una película: es una religión con banda sonora propia y sacramento en forma de Royale with Cheese. Say “what” again. I dare you.
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